Mujeres bajo la influencia

Cultura Opinión

JOSÉ LUIS GARCI – TELEGRAMAS CINÉFILOS

Una de las grandes asignaturas pendientes en las Historias del Cine que se han escrito hasta hoy, y en los centenares de ensayos con que nos han bombardeado los semiólogos cinéfilos, los estructuralistas de cineclubs en blanco y negro, y demás colegas de Metz, es la ausencia, el olvido y el menosprecio sufrido por las escritoras de películas, las chicas que aporrearon las Underwoods hasta quedarse sin uñas (ahora, con los ordenadores, creo que sólo utilizan las yemas de los dedos, mejor); unas guionistas cultas, decía, inteligentes, divertidas, creadoras de personajes inolvidables, sobre todo en la época silente. Apenas he leído -o escuchado- nada sobre aquellas ‘flappers’ que, tac, tac, tac, sacaron adelante películas -y ‘films’- que dejaron con

 la boca abierta a los espectadores que ya acudían en masa a los cines de todo el mundo.

Durante la era del jazz, los ‘roaring twenties’, destacó, por su sensibilidad y conocimiento del medio, Frances Marion, a quien debemos ‘Humoresque’, ‘El viento’ o la ‘Stella Dallas’ de 1925. Miss Marion, ya en los 30s, se hizo nada menos que con dos Oscars, uno por ‘El campeón’ y otro por ‘El presidio’. Su carrera continuó con ‘Cena a las ocho’, ‘Margarita Gautier’, ‘El boxeador y la dama…’ Su instinto para el diálogo era tan bueno como el de Wilder o Preston Sturges. Algo parecido podríamos apuntar sobre June Mathis, que adaptó ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’ (de nuestro Blasco Ibáñez), una tarea nada sencilla, al contrario, tan complicada como fue poner en imágenes ‘Guerra y paz’ (Vidor) o ‘Doctor Zhivago’ (Lean). Además, la señorita Mathis insistió en que se le diera el protagonista, Julio Madariaga, a un desconocido galán llamado Rodolfo Valentino. (En 1962, Minnelli volvió a filmar la novela de Blasco, esta vez no en la I Guerra Mundial sino en el París de ‘Casablanca’. El resultado, otra obra maestra como la de Rex Ingram.) Y qué decir de Leigh Brackett (’El sueño eterno’, ‘Río Bravo’, ‘Hatari!’), o de Dorothy Parker (’Ha nacido una estrella’, la primera versión, la que prefiero, de Wellman, ‘Sabotaje’…), o de Anita Loos, que dotó a San Francisco de un ritmo desconocido en la época, con un Clark Gable extraordinario; o de Isobel Lennart (’Mundos opuestos’, ‘Tres vidas errantes’, ‘Fanny Girl….’).

Con todo, hoy querría homenajear a dos inolvidables mujeres escritoras cuya influencia en la obra de sus maridos resultaría capital. Una de ellas es Alma Reville, Mrs Hitchcock, pequeñita, vivaz, una ardilla; formidable escritora, guionista y productora; una fabulosa ‘consulting’, con enormes conocimientos de fotografía y de esa cosa que ahora llamamos ‘production designer’, es decir, gusto por el decorado, por la ambientación. A lo largo de treinta años -de toda la filmografía del maestro, aunque no firmara los últimos guiones-, Alma aportó su toque de distinción, calidad y entretenimiento; de ella son muchos de los diálogos oblicuos, así como gran parte de la magia y el misterio de la filmografía hitchcockiana.

No hay más que fijarse en ‘39 escalones’, ‘Alarma en el Expreso’ o ‘La sombra de una duda’. Siempre he creído que «algo» del famoso «suspense» de Sir Alfred (esta prestigiosa distinción británica, Sir, creo que también le pertenece un poco a Alma, a quien bien podrían haberla distinguido como Lady); me parece, en fin, que la creatividad de casi todas las películas fue compartida por el matrimonio, desde la perfecta estructura de los guiones hasta la narrativa envenenada del genio londinense. Imagino las sobremesas nocturnas entre Alma y Hitch durante los rodajes, recomendándose soluciones para terminar una secuencia o añadir un nuevo sonido, o cambiar un vestido de Madeleine Carroll por otro más adecuado para una ráfaga de viento. Sí.

No tengo ninguna duda de que Hitchcock tuvo la suerte de convivir con una de las grandes ‘script-doctor’ del cine, la doctora Reville, infalible en sus diagnósticos. Asimismo, me parece que a la humilde y silenciosa colaboradora de ‘herr Lang’, Thea von Harbou, le corresponde, como mínimo, el cincuenta por ciento del éxito de la primera mitad de la excepcional carrera del cineasta vienés. Thea y Fritz se casaron en 1922. Antes ella había publicado con éxito ‘La tumba india’, una maravillosa novela de aventuras. A lo largo de una década, la pareja nos regaló ‘films’ tan excepcionales como ‘Las tres luces’, ’La imagen errante’, ‘El doctor Mabuse’, ‘Los Nibelungos’, ‘Los espías’, ‘La mujer en la Luna’, ‘M, el vampiro de Düsseldorf’ o ‘El testamento del doctor Mabuse’. En 1933, se separaron.

Thea se apuntó al partido nazi y Fritz salió escopetado de Alemania, primero a Francia y luego a Estados Unidos. Thea volvió a casarse por tercera vez (la primera había sido con el famoso actor Rudolf Klein Rogge), ahora con el matemático hindú Ayi Tendulkan, también partidario de las ideas hitlerianas. La Harbou siguió escribiendo guiones después de la guerra -’El rey soldado’, ‘Un marido ideal’, ‘El cántaro rojo’, ‘Annelie’…-, aunque ya no tenían ni la frescura ni el talento de antaño. Sin embargo, es de justicia reconocer que la obra silente de Lang -además de ‘M’ y el segundo Mabuse- le debe tanto a Thea como a su fantástica dirección. La inventiva de frau von Harbou, dentro de una sociedad desanimada tras la derrota en la Gran Guerra, y que luego se irá desmoronando moralmente, es hoy tan visionaria como los libros de Philip K. Dick o Arthur Clarke. [Un tarde de verano de 1954, al salir Thea del cine -había ido a ver, una vez más, ‘Las tres luces’, la película que alumbró la vocación de Buñuel-; al salir a la calle, decía, Thea resbaló y cayó al suelo. Había llovido.

Las heridas se le infectaron. A la mañana siguiente, ingresó en el hospital, pero, por desgracia, las complicaciones se sucedieron y falleció a los pocos días. He leído en varios textos que Thea era una mujer muy dulce y cariñosa, todo lo contrario que Fritz. En los rodajes, ‘frau’ von Harbou se preocupaba de los figurantes, les reconfortaba de tantas horas de trabajo y se ocupaba de que el ‘catering’ que les ofrecía la poderosa UFA tuviera las suficientes patatas cocidas, porque poco más había. En ocasiones, ella misma llevaba al ‘set’ calderos de sopa y verduras. Los extras, la adoraban, sobre todo las mujeres, a las que defendía de cualquier tipo de ninguneo.

Y cuando el despótico Lang -que también lo fue en Hollywood- abroncaba a sus actrices y actores, Thea les consolaba. Era muy culta, políglota, con enormes conocimientos de pintura barroca. ‘Metrópolis’ sigue siendo una de las grandes novelas de ciencia ficción, una utopía cada vez más cerca de los mundos sombríos que nos envuelven, un clásico comparable al ‘Drácula’ de Stoker o al ‘Fahrenheit 451’ de Bradbury. Thea escribía con entusiasmo contagioso y una imaginación insólita, y con ese aire cosmopolita de Vicki Baum o Cronin, aunque adivinabas una vida interior tumultuosa, a punto de ebullición, ploff, ploff, ploff, como cuando salen las burbujitas al hervir la leche.]

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