Chile ante el futuro y el pasado

Opinión Política

Boric tiene en sus manos ahora el destino de los chilenos y “la historia no es previsible porque depende de la aleatoriedad y la voluntad de los protagonistas”, como demuestran muchos, entre ellos Ollanta Humala. Rubricado por Bachelet y Lagos, derrotó a un adocenado, mediocre y reaccionario candidato que pretendía ser el nuevo Paul Schafer de una especie de Colonia Dignidad. Los puntos principales de su agenda: la “constituyente”, la eliminación de los fondos de pensiones, el indigenismo anacrónico, el “diferencialismo”, son lo contrario de lo que necesitan para dar otro salto en su nivel de vida y desarrollo: estimular inversiones globales y locales en educación superior, y formar mano de obra en altas tecnologías. Pinochet implantó reformas económicas casi al mismo tiempo que Deng Xiao Ping en China y más tarde Bolivia. Lo afinaron, pulieron y mejoraron el Partido Socialista y la Democracia Cristiana en los treinta años de la Concertación, pero a diferencia de los mencionados, en un sistema constitucional de alternabilidad intachable. No fue la” dictadura” ni la “extrema derecha” sino socialistas y democrtacristianos.

Después de 45 años de crecimiento económico, producción y distribución de la riqueza, y de escalar la condición de primer país desarrollado de Latinoamérica, corre el riesgo de comenzar la reversión de esos logros, el regreso al tercermundismo y el subdesarrollo. Luego podrían pasar 20, 30 o 40 años en lucha contra el capitalismo para terminar de nuevo como Allende.  Todo comenzó con una horda de rufianes de clase media que saquearon, incendiaron, aterrorizaron en las calles. Un síndrome de agotamiento de las élites, parecido al de Venezuela hace treinta años, que las puso a buscar “nuevas rutas”. Pintaron país más próspero y equilibrado de la región como si fuera Haití, Uganda o Venezuela. Para ciertos observadores, los violentos son arcángeles iracundos, víctimas de la pérfida sociedad democrática encarnada en trabajadores, políticos, profesionales, empresarios, los ricos, “el neoliberalismo”, la gente aterrada en sus casas y cualquier otro ridículo chanchullo argumental.  Alonso Quijano destruye los molinos.

El demonio de la desigualdad

Caballeros andantes que apelaron al brazo de la justicia callejera para decapitar la serpiente gigante del metro, autobuses, comercios, mercados, panaderías, tiendas de alta tecnología. Naturalmente se disfrazan con el desvarío tercermundista de la “constituyente”, vara mágica para destruir democracias y países. Como es difícil atribuir la acción antisocial a la pobreza en un país que la redujo a 7%, se esgrime el jocker de buen gusto sociológico posmodeno: la “desigualdad”, la envidia como política sublime. Chile es un “infierno” en el que se refugian los latinoamericanos que huyen de la igualdad. La misma truculencia y deshonestidad expandió la mentira de que Cuba era un paraíso, pero la gente huía a Florida. No se trata de facinerosos, hoolligans, que derraman sus bajos instintos, igual que sus pares en Cataluña o los chalecos amarillos, que irrumpieron contra la democracia y Macrón en Francia. Son víctimas irredentas, según la trapisonda de esta tesis. 

La brújula del posmo cuantitativo es el Coeficiente de Gini para medir la desigualdad, que culpablemente usan ciertos organismos multilaterales. La trampa ideológica del contrahecho coeficiente de Gini, compara el decil de menores ingresos con el decil de mayores ingresos, y describe una sociedad “desigual”, aunque casi 80% de la población tenga ingresos de clases medias bien situadas. Según este “instrumento”, España, Italia, Australia, quedan par y par con Burkina Faso, Liberia y Uzbekistán. Los países más igualitarios del mundo serían Kajastán, Azerbaiyán y Kirgistán. Dudo que semejante cosa sirva para algo. A pesar de “Gini”, Chile aparece entre los 25 “menos desiguales” (junto a Camerún y Venezuela) pero la señora pintada de verde habla de la horrenda desigualdad. Se escandalizan de que 20% de la población perciba 60% de los ingresos porque se imaginan unos cuantos jeques en Cadillacs de oro, pero la respuesta es mucho más simple. De acuerdo con esta torcida estadística, el país más “desigual” del mundo sería China, que en cuarenta años creó una micro élite de supermillonarios “neoliberales”, que a su vez convirtió en ciudadanos de ingreso medio a 600 millones de campesinos que comían dos tazas de arroz al día. 

Las peripecias de Mr. Gini

Cualquier gobierno socialista podría jactarse de su Gini, porque no hay ricos y 90% de la población es pobre. Es interesante seguir develando la novela de las Agatha Christie metodológicas. Se escandalizan de que 20% de la población chilena perciba 60% de los ingresos porque se imaginan unos cuantos jeques en Cadillacs de oro, pero la respuesta es mucho más simple. Ese 20% corresponde a las grandes y medianas empresas (entre ellas nada menos que fondos de pensiones y jubilaciones) Y no es que “se quedan con la riqueza”, sino que la producen, y como sabe cualquier estudiante de economía, la distribuyen a través de salarios, capital variable (CV) inversiones en tecnología e instalaciones, capital fijo (CF) e impuestos, sobre todo en un país de inversión creciente.  50% de la mano de obra gana 560 dólares y otro 25% recibe 730 dólares, el salario más alto de América latina (no estamos hablando de Noruega, sino del Tercer Mundo)

¿Desigualdad? Si olvidamos la paparrucha sociológica de que todo fenómeno social lo explica la pobreza: ¿qué mecanismo falla para que una sociedad normal de repente estalle en pillaje? Nuestro sustrato animal induce a apropiarnos de personas o cosas que nos gusten y a descargar la ira a través de la violencia, pero la ética, las leyes y el aparato coercitivo mantienen la convivencia pacífica. Y la investigación indica que el síndrome hooligan tiende a desenfrenarse cada vez que el Estado no responde, o lo hace mal, ante una alteración del orden público, un parpadeo de las barreras inhibitorias de la conducta colectiva. Tumulto que no se reprime a tiempo, genera un levantamiento. La violencia es instintiva humana y también con frecuencia parte de planes políticos subversivos. Y aparece en las urbes más ricas del planeta, por la misma razón. La democracia reprime dentro de la ley. En la dictadura no hay.

La pobreza no produce cambios políticos

Sino solo gente afanada en conseguir alimentos para su familia. Samuel Huntington, Crane Brinton, Gordon Tullock, entre otros, plantearon esa tesis que ilumina la ciencia política, desafortunadamente no muy conocida o entendida: las revoluciones, desde la americana, la francesa, la rusa (y ahora la chilena), nacen en períodos de crecimiento económico acelerado que derriba las barreras sociales y facilita a los revolucionarios hacer confluir los múltiples resentimientos de la condición humana con el fin de destruir la cohesión social. Chile superó los estragos de la pandemia y llegó a la exorbitante tasa de crecimiento de 17% en diciembre 2021 y 5.7% de inflación, esta última por efecto de retiros de ahorros aprobados por el Congreso, que dispararon la liquidez monetaria.

Una vida asegurada permite lanzarnos a manifestar en cueros a la calle, introducirnos objetos en el cuerpo, y quemar piras de televisores, teléfonos, sistemas de sonido, computadoras. Una inolvidable señora entrada en carnes y con su voluminosa desnudez pintada de verde, pedía “constituyente” porque en Chile había “una dictadura sexual” creada en la Concertación. No eran manifestaciones de madres famélicas o enfermos sin medicinas – tienen el mejor sistema de salud de la región- sino protestas ecológicas, culturales et.al., porque, como todo país desarrollado, Chile es de clases medias, y 70% de su población recibe ingresos de entre 600 y 725 dólares mensuales. Desde 2011, fecha de la emergencia política del hoy presidente Boric, se inició una ofensiva global de cientos de páginas Web, para desvalijar el llamado “modelo chileno”, oferta kapitalista,.

El método, “buscar lo oculto” detrás de las cifras conocidas, usando para ello fake news, postverdades, con exitosos resultados políticos. Ese 20% señalado son las grandes y medianas empresas que no “se quedan con la riqueza”, sino que la producen, y como sabe cualquier estudiante de economía, la distribuyen a través de salarios, capital variable (CV) inversiones en tecnología, instalaciones, capital fijo (CF) e impuestos en un país de inversión creciente (Chile tiene en treinta años un promedio de crecimiento por encima del mundial). Lo dicho hasta ahora no significa necesariamente un pronóstico del club gato negro sobre el futuro del país de Neruda, Nicanor Parra y Gabriela Mistral. Los líderes del sistema político chileno se dejaron quitar el poder de las manos, porque, como en Venezuela y muchos otros países, no tuvieron capacidad política para responder al descrédito contra las instituciones que crearon ese nivel de vida desde la miseria anterior.

Las causas de la revolución

Scorsese relata en Pandillas de New York cuando los Conejos muertos, los Pendencieros y los Nativos del “Carnicero” Cutting destruyeron la ciudad en 1863 y la marina tuvo que terminar a cañonazos desde el Hudson el levantamiento en Five Points. Para no ir tan lejos la misma New York tuvo saqueos masivos en 1965 y 1977, Montreal (no se dirá que una sentina de injusticia social) su disrupción tanática en 1969. En 1992 un tsunami de bandolerismo incendia Los Angeles.  Apenas en 2011, reductos de maldad y esclavitud, Londres, Birmingham, Liverpool y Manchester viven saqueos generalizados. Como los nuevos hooligans cometieron la torpeza de agredir negros, asiáticos, musulmanes, dificultaron a los sociólogos develar la carga “revolucionaria”. Pero leemos que las “causas profundas” están en la “injusticia social”, como si se tratara de Somalia, Etiopía o Cuba. ¿Será Birmingham una especie de infierno de masas hambrientas y oprimidas que devoran una sopa comunal?  ¿O la esplendorosa Barcelona en 2019? ¿Habrá que hacer del mundo un paraíso, que nadie deba pagar un recibo que lo saque de la felicidad absoluta, cada quien con sus sesenta y cuatro huríes y ríos de leche y miel? No hubo riots contra Mao, Stalin, Franco, Ceucescou, Chapita, Pol Pot, Lukashenko, Mugabe, Pinochet, Castro o Kim Yon Un ¿Serían mares de felicidad?”

Las verdaderas causas de la revolución las describe Peter Weis en su genial obra Marat-Sade. “Tienen miedo, porque le duele una muela y deben sacársela/ Se les quemó la sopa y quieren otra/ Su esposo es bajito y desea uno más alto/ Aquel piensa que su mujer es muy flaca y la quiere más voluptuosa/ A este le aprietan los zapatos, y los de su vecino le quedan bien/ Al poeta se le acabaron los versos y no se le ocurren nuevas imágenes/ Al pescador no le pican los peces/Así se unen a la revolución/ porque la revolución les dará un pez, un poema, un nuevo par de zapatos una nueva esposa o  esposo y la mejor sopa del mundo”..

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